Archive for 26 octubre 2015

LA RAMPA, VEDADO, LA HABANA – PARTE II

octubre 26, 2015

De Joven – Parte 2

Mi cuñado José Feijoó trabajaba en un banco. Un cliente del banco le dió un boleto de entrada para una exhibición de television, años antes de que hubiera la primera estación de television .  El me dió el boleto y yo fuí “…  en octubre de 1946, en un experimento de feria, Julio Vega Soto trajo equipos de Estados Unidos y transmitió (television en blanco y negro) en circuito cerrado, un espectáculo artístico de variedades, en la Agencia de Automóviles Dodge, situada en 23 y P, en El Vedado….” [1]

El edificio de la Agencia Dodge me pareció importante, pero tengo recuerdos vagos de los alrededores del lugar.

Mas Tarde, Cuando Obtuve Empleo en 23 entre O y P.

En enero de 1949, por un anuncio en el periódico, fuí a una agencia de empleos en la Manzana de Gómez. Pasé la entrevista con ellos y me mandaron a los oficinas de Sabatés en La Rampa, Vedado. (Sabatés era la subsidiaria de Procter & Gamble.) Agarré un omnibus de la ruta 28 y cuando íbamos por la calle San Lázaro, se le poncho una goma al omnibus. Fué una odisea montarme en la siguiente guagua de la 28.

Llegué a las oficinas de Sabatés a las 11:45 AM., encontrando que cerraban de 11:30 a 1:30 PM. Regresé por la tarde. El trabajo era en el departamento de compras e importaciones, y me entrevistó su jefe, José López Neira. A los pocos días me llamó para darme el empleo, con un salario mucho mejor del que yo tenía en El Relámpago, donde trabajaba en Luyanó.

Trabajaba de día, y estudiaba en la Universidad de La Habana, de noche y algunos sábados por la tarde. Teníamos 30 días de vacaciones al año en Sabatés. En la oficina habíamos cinco estudiantes para contador público como yo, y siempre encontrábamos algún tiempo para jugar al cubilete en alguno de los bares cercanos, o jugar en la bolera de 23 y O. Yo me maravillé con el trabajo de ingeniería mecánica cuando transformaron el edificio de la bolera en el cine La Rampa, con grúas levantando el techo para aumentar el puntal a la altura requerida por el cine. También recuerdo varios de nosotros iendo a hacer ejercicios en el stadium de la Universidad de La Habana, cuando terminábamos de trabajar, caminando La Rampa desde 23 entre O y P en dirección a la colina universitaria, en los meses cuando no teníamos clases de noche, junio, julio y agosto.LA RAMPA, ANTESLa RAMPA

Aquel lugar, que no se conocía como La Rampa cuando mi tío Panchito me llevó a ver juegos de pelota, y que después conocí cuando fuí a ver una exhibiciٕón de television en circuito cerrado en el edificio de 23 y P, fue un ejemplo de la pujanza empresarial en Cuba en esos años. La iniciativa de inversores cubanos y algunos extranjeros creó un emporio de edificios de oficinas, de negocios como Ambar Motors, de apartamentos, hoteles como el Hilton y el Capri, el cabaret Montmartre, y zonas de estacionamiento (parqueos.) Yo sólo y con amigos, y después con mi esposa, María Teresa Fernández (née) Rodríguez vivimos día a día todo ese progreso por diez años.

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LA RAMPA, VEDADO, LA HABANA – PARTE I

octubre 20, 2015

LA RAMPA, ANTES

La Rampa es el tramo de la calle 23, desde la calle L hasta el mar, el cual conocí de niño, de joven, más tarde cuando trabajé en Sabatés (Procter & Gamble de Cuba,) en 23 entre 0 y P, de cuando me casé con Teresa Rodríguez y fuimos a vivir al edificio Altamira, O entre 19 y 21 (a una cuadra y un poquito de la calle 23,) de cuando mi socio Jesús Vázquez Méndez y yo mudamos nuestra firma de contadores públicos, Vázquez Méndez y Fernández de Armas, de una esquina de la calle San Lázaro, a 23 y O, quinto piso, y de cuando logré pasarle nuestras oficinas a la agencia de noticias francesa Agence France Press (AFP), trabajando.a continuación para Ives Daude, el jefe de AFP, como contador.

De Niño

Recuerdo que yo tendría unos 11 ó 12 años cuando mi tío Panchito me llevó a ver juegos de pelota (baseball,) a un terreno en la esquina de 23 e Infanta, donde después fabricaron el edificio Ambar Motors. El campo de pelota quedaba unos tres metros (creo recordar) por debajo del nivel de las calles. Me parece que habían unos bancos de madera para los espectadores. Oí decir que la oquedad donde estaba el campo de pelota había sido el resultado de las excavaciones de piedras de una cantera que había allí. He leído que habían otras canteras que se explotaron en varios lugares del Vedado. Datos históricos muestran que cuando José Martí fue condenado a trabajo forzado, éste se desarrolló en una de las canteras del Vedado.

El Hotel Nacional ya estaba construído, pero no habían muchas mas edificaciones, sólo solares yermos.

Al Hotel Nacional fuí a un torneo de ajedrez de simultáneas del Maestro Nacional Francisco Planas, alrededor de 1940, llamado La Carga de los 600 (103 jugadores y seis acompañantes por mesa.) Benito, nuestro maestro de la escuela en Luyanó, nos llevó y tuvimos un tablero, perdiendo la partida, como casi todos los otros participantes.

“Mientras caminaba La Rampa del presente, añoré poseer un arte especial para volver al pasado, mediante un singular viaje a la semilla o mediante un juego parecido al de los planos cinematográficos: estar de pronto en el pasado desde la perspectiva de un hoy, desde el que se contempla y se juzga. Quise hacer esto por una razón, diré nostálgica, padecimiento típico del habitante de una ciudad. Cuando vine a La Habana en 1947, de mi natal Santiago de Cuba, La Rampa no existía, o con mayor exactitud: había comenzado a existir. Era casi nada, un montón de solares yermos, arrecifes, el mar al fondo, y dos o tres edificios, los más antiguos que ustedes pueden encontrar todavía, el que ocupa el Ministerio de Agricultura o el Edificio Alaska, arquitectura ecléctica de escaso valor, con reminiscencias art-decó, y algún que otro al cabo demolido, como un caserón en la esquina de L, en cuyos terrenos se edificaría Radiocentro. Aún podía sentirse en el espacio, algo que ya se ha suavizado o civilizado, la fuerte presencia invisible del viento, al anochecer y en la mañana temprano, un viento salobre que venía del mar y barría la yerba silvestre de los solares. Tuve entonces esa oportunidad que raras veces suele tener un ciudadano (yo también): asistir al crecimiento y desarrollo posterior de una parte de la ciudad que habita. Raras veces le es dado al hombre ver cómo, digamos, un páramo natural, casi incivil, va convirtiéndose en zona urbanizada, zona que llegará a ser una nueva porción de su hábitat cotidiano, una porción de su existencia…

En virtud del uso del espacio, en el área tan breve de La Rampa (y calles aledañas,) se agruparon, sin abrumar la vista, tiendas comerciales, agencias bancarias y de pasajes, peluquerías, estudios de radio y televisión, cines, oficinas, un ministerio, salas de teatro, un taller de modas, restaurantes y pequeños cabarets, algunos en el sótano de varios edificios, lo que resultaba una novedad constructiva, infrecuente en el resto de la ciudad. Un nigth-club cercano, El Gato Tuerto, nombre sugerente e inusual, se convirtió en centro notable de reunión nocturna, donde se desarrolló el movimiento trovadoresco llamado feeling, y que pocos años después, hacia el final de la década del sesenta, devino una suerte de café-cantante, en el que poetas y trovadores leían sus textos y hacían música. Con su discreto aire modernista, diverso de la solidez colonial o neoclásica de las zonas más viejas de la ciudad, tenía La Rampa una vitalidad secreta, movimiento de día y de noche, múltiples paseantes, algo inefable había en ella, un cierto encanto.” Fuente: Clarín, Revista de nueva literature, Antón Arrufat, septiembre 2007. (Texto comenzando en “Mientras caminaba…” terminando en “…un cierto encanto.”